Rosa Gimeno
Cortometraje: El hombre sentado
Espacio La 2. 26 de mayo – 20 de junio, 2026
¿Quién cree en la actualidad que se puede abolir la guerra? Es una de las muchas cuestiones que Susan Sontag planteó en su ensayo Ante el dolor de los demás, el último libro que publicó en 2003, un año antes de su muerte. Como en la autora era habitual, el enunciado de las preguntas siempre se acompañaba de posibles respuestas, dada su enorme confianza en la palabra, por encima de la imagen. Ante el interrogante formulado, consideró que “nadie, ni siquiera los pacifistas” creían en esa posibilidad; ante lo que, observó, “Sólo aspiramos (en vano hasta ahora) a impedir el genocidio, a presentar ante la justicia a los que violan gravemente las leyes de la guerra (pues la guerra tiene sus leyes, y los combatientes deberían atenerse a ellas), y a ser capaces de impedir guerras específicas imponiendo alternativas negociadas al conflicto armado”. Aspiraciones ilusorias.
El 18 de julio de 1937 murió en Madrid el poeta Julian Bell, hijo de Vanessa Bell, hermana de Virginia Woolf. Una bomba le alcanzó cuando apenas habían pasado unos meses desde que decidiera participar como conductor de ambulancias en el bando republicano durante la Guerra Civil. En una de las cartas a su hermana, Virginia Woolf compartió la idea de escribir un panfleto antifascista como si se tratase de una conversación con su sobrino, decidido entonces a luchar en el conflicto iniciado en España. Aquel proyecto daría luz al ensayo Tres guineas, editado en 1938. Planteó el libro como la respuesta a la pregunta que por carta le había hecho un eminente abogado: “¿Cómo hemos de evitar la guerra en su opinión?”. No era fácil contestar, quiso poner de manifiesto Virginia Woolf, debido a una solicitud que quizá fuera única en la historia de la correspondencia humana, porque ¿cuándo se ha dado anteriormente el caso de que un hombre culto pregunte a una mujer cuál es en su opinión la manera de evitar la guerra?, además de evidenciar las dificultades de acceso de la mujer a la educación, fundamental para conocer las causas que conducen a la guerra, sin obviar el instinto guerrero propio de los hombres. En consecuencia: la máquina de matar tiene sexo y es masculino. La escritura del libro, anotó Virginia Woolf en su diario, le hizo sentirse “del todo libre”; “ya está, he aportado mi grano de arena a esa causa, y no pueden ya intimidarme. Ahora, si me atosigan, puedo decir sencillamente véase Tres guineas”.
Con las reflexiones valientes e inoportunas sobre las raíces de la guerra en Tres guineas de Virginia Woolf inició Susan Sontag su ensayo Ante el dolor de los demás.
“Ser espectador de calamidades que tienen lugar en otro país es una experiencia intrínseca de la modernidad”, escribe Susan Sontag, muy crítica con la utilización de términos como “nosotros” o “el mundo”, tan ajenos al sujeto que está mirando el dolor de otras personas. De la misma opinión es Rosa Gimeno quien en su cortometraje El hombre sentado cede el protagonismo al individuo anónimo que, atento en exclusiva a los gestos cotidianos -lectura del periódico deportivo, picoteo de comida basura con agua embotellada en plástico, vistazos impulsivos al móvil para revisar quizás los likes a sus fotos y ocurrencias compartidas…- es del todo ajeno a la secuencia de imágenes tomadas de películas, documentales y grabaciones que muestran escenas de guerra, de violencia de género y de desastres ambientales, acontecimientos históricos y recientes que suponen el fracaso de la civilización.
Desde una posición feminista y antimilitarista, Rosa Gimeno nos convierte en espectadores, un lugar ciertamente complicado que exige abordar las imágenes desde la reflexión que sólo es posible con las palabras; sólo así, de acuerdo con Susan Sontag, podrá evitarse que las imágenes se conviertan en meros objetos estéticos, una circunstancia que trataremos de superar con los encuentros organizados por La Casa Amarilla.
La palabra cobra un protagonismo emocionante en las manifestaciones feministas del 8M, con la performance participativa de protesta Un violador en tu camino que el colectivo feminista Lastesis presentó en Valparaíso, en noviembre de 2019. El eco fue tan grande que sus voces resuenan en todas las lenguas, también en las nuestras. El violador eres tú, el macho que atropella en manada queda señalado, sin miedo, hasta que vuelve a violar y a matar. Unidas y unidos contra la violencia de género que Rita Segato, referente del colectivo chileno, asimila con los crímenes del poder, de la dominación, de la punición. Al poder pidió cuentas Eurípides tras la masacre de la población civil de la isla de Melos por los atenienses en el 416 a. C., con su tragedia Las troyanas escrita al año siguiente. “No alabo el miedo de quien teme reflexionar”, exclama la vencida Hécuba. El régimen militar de Stroessner prohibió el estreno de la tragedia en Paraguay en 1984 por considerarla “un panfleto contra el orden, la disciplina, el soldado y la ley”.
No hay gritos suficientes para acallar y huir de la guerra. Una noche oscura de diciembre de 1913 Robert Musil está sentado ante las notas de las que surgiría Un hombre sin atributos. En ese momento, trae al recuerdo Florian Illes en su libro 1913 Un año hace cien años, escribe la hermosa frase: “Ulrich predecía el destino y no tenía ni idea”. [Chus Tudelilla]


