Almalé y Bondía
Serie: Objetos-mundo
Espacio La 2 – Enero, 2025
La profundidad sólo nace en el momento en que el espectáculo mismo vuelve lentamente su sombra hacia el ser humano y comienza a mirarle. Así concluyó Barthes su artículo “Le monde-objet” (1953) dedicado a las naturalezas muertas holandesas. Fue en los Países Bajos donde a mediados del siglo XVII se utilizó el término still-level, vida inmóvil, para hacer referencia a las pinturas que un siglo más tarde se llamaron naturalezas muertas. En su aparente humildad Barthes observó la querencia de los pintores holandeses por el brillo, la cualidad más superficial de la materia: pocos materiales, leemos, había en Ámsterdam ajenos al imperio de las mercancías, lo que determinó la pérdida de la esencia y el refugio en los atributos. En una época como la actual en la que los consumidores son producidos constantemente, al decir de Bauman, la vigencia del género del bodegón está ligada al estímulo que ofrece para abordar nuevas formas discursivas. De acuerdo con Mieke Bal, las cosas poseen una visualidad particular que apela a los componentes sociales que interactúan con ellas; lo que explica que Almalé y Bondía dieran entrada en su proyecto Residuos a una secuencia fotográfica de pequeñas naturalezas muertas, realizadas con objetos recogidos en la basura que disponen con calma y cuidada precisión en una superficie indeterminada, cerca del lugar donde los encontraron, en un fondo negro, formando montones, apilándolos o colocándolos unos junto a otros, en composiciones atentas a los ritmos y torsiones envolventes. Son los materiales los que organizan y clasifican la secuencia de bodegones y finalmente determinan la composición: restos cerámicos, fragmentos de objetos, carcasas y enchufes de los más diversos aparatos, vasos y botellas de plástico. Los trozos de cerámica se amontonan como escombros después de un hundimiento; las piezas mecánicas y carcasas parecen empeñadas en configurar extraños e imposibles aparatos; y los vasos y botellas pierden el equilibrio morandiano, incapaces de ocultar su cualidad esencial: la resistencia, un estado que supone el simple suspenso de una renuncia, escribió Barthes en su artículo dedicado al plástico, en 1957. Con esta operación de rescate de objetos carentes de valor y, en suspenso, pero en los que permanece el rastro de nuestra memoria, Almalé y Bondía ponen en funcionamiento el mecanismo de producción real y simbólico al violentar la condición del residuo que, anota Fernández Mallo, obliga a las cosas a quedarse sentadas, impidiendo todo avance y continuidad temporal. Y, aún más, la cuidada puesta en escena indaga en la potencialidad de una posible poética de lo inútil, estalla en la mirada del espectador cuando al situarse delante de estas imágenes se descubre reflejado en la profundidad casi alquímica del negro, una superficie convertida en espejo. Los espejos han sido fundamentales en la dramaturgia visual que Almalé y Bondía han explorado en sus fotografías de paisaje: mirar en profundidad es el propósito que les guía, y dar a ver el mapa que siempre hay en el espejo, sostuvo Gombrich. Delante de las naturalezas muertas que son estos Objetos-mundo, expresión afortunada de Michel Serres, conviene atender a su consejo cuando nos conmina a entender que el mundo -que hemos transformado y explotado-, comprende, comunica y goza de las mismas facultades de las que nos creíamos los únicos poseedores. Almalé y Bondía recuperan de la basura objetos-mundo, objetos con las dimensiones del mundo que se resisten al reciclaje, los colocan con esmero en un lugar destacado y los fotografían para que los miremos. Y quien mira no debe ser extraño al mundo que mira, escribió Merleau-Ponty. Al espectador corresponde mirar y, al hacerlo, la sombra del espectáculo, que decía Barthes, se vuelve hacia él y comienza a mirarle. [Chus Tudelilla]
Imagen:
Objetos-mundo, 2019-2020
Copia fotográfica con tintas de pigmento, siliconadas a metacrilato
30 x 40 cm. Ed.: 3 + 1 P.A.