Rosa Gimeno y Sarah Shackleton
Videoarte:Volando
Espacio La 2 – Marzo, 2025
Del poema “Stings” de Sylvia Plath nació el videoarte Volando, fruto de la colaboración de Rosa Gimeno y Sarah Shackleton. El legado de Sylvia Plath está profundamente adherido a la obra de Sarah Shackleton que, de la mano de Rosa Gimeno, se convierte en material propicio para reflexionar sobre la necesaria y urgente conexión del ser humano con la naturaleza. El vuelo imaginario de las abejas permite sortear el dolor de la picadura, siempre amenazante.
PICADURAS
Así, sin guantes, manejo los panales.
Y el hombre blanco sonríe, sin guantes,
suaves y pulcras nuestras manoplas de estopilla,
lirios valientes la garganta de nuestras muñecas.
Entre los dos
sumamos un millar de celdillas bien limpias,
ocho colmenas de tazas amarillas,
y la propia colmena es una taza de té,
blanca y con flores rosadas;
yo misma la esmalté con amor excesivo
mientras pensaba: “Dulzura, dulzura”;
grises igual que fósiles de moluscos, las larvas
me dan pavor, parecen tan ancianas.
¿Qué estoy comprando, caoba agusanada?
¿Es posible que ahí dentro haya una reina?
Si hay una, será vieja
y sus alas chales raídos; su cuerpo esbelto
tendrá la felpa desgastada:
pobre, desnuda y nada regia; una deshonra.
Estoy en una fila
de mujeres aladas y nada milagrosas,
esclavas de la miel.
Yo no soy su esclava,
aunque llevo mordiendo el polvo muchos años
y secando los platos con mi denso cabello.
Y he visto evaporarse la extrañeza que soy,
rocío azul, de la piel peligrosa.
¿Terminarán odiándome,
estas mujeres que sólo saben ir a la carrera,
para quienes sólo es noticia el florecer del trébol, del cerezo?
Casi hemos terminado.
Ya estoy al mando.
Ya tengo mi extractor de miel,
que opera sin pensar
y se abre en primavera como una virgen industriosa
para barrer las crestas rebosantes
como la luna barre el mar buscando sales de marfil.
Hay un tercero, un hombre, que nos observa.
No tiene nada que ver con el tendero ni conmigo.
Se fue lejos
de ocho grandes zancadas: un gran chivo expiatorio.
Aquí está su sandalia, aquí la otra
y aquí el lienzo de tela blanca
que llevaba en vez de sombrero.
Era un hombre agradable
y el sudor de su esfuerzo era una lluvia
que espoleaba al mundo a florecer.
Las abejas lo descubrieron,
ciñéndose a sus labios como mentiras,
complicando sus rasgos.
Pensaron que la muerte merecía la pena, pero yo
tengo una identidad que recuperar, una reina.
¿Está muerta, o durmiendo?
¿Dónde se habrá metido
con su cuerpo cobrizo, sus alas de cristal?
Ahora vuela,
más terrible que nunca, roja
cicatriz en el cielo, cometa rojo
sobre la máquina que la mató:
el mausoleo, la casa de cera.
[Sylvia Plath. 6 de octubre de 1962. Traducción: Jordi Doce]